Evans
La casa estaba en silencio, salvo por el tic-tac del reloj en la sala y el leve crujido de la madera bajo mis pies mientras me movía entre las sombras. Isabella dormía profundamente en la habitación de Ryan; la vi recostada entre las sábanas revueltas, su respiración tranquila, el rostro relajado por primera vez desde que la conocí. Era hermoso verla así, indefensa, confiada… y al mismo tiempo, sabía que no podía permitirme relajarme.
Ryan iba a volver en cualquier momento, y sabía que no iba a estar solo en su mente ni en su cuerpo. Estaba ebrio, como siempre, y eso hacía que la tensión que se acumulaba en mi interior se volviera insoportable. Me puse de pie, estiré los hombros y respiré hondo. Esta vez no habría juego de palabras ni simulaciones; esta vez había decidido actuar con la frialdad y el control que Ryan no merecía.
El sonido de la puerta abriéndose me sacó de mis pensamientos. Sus pasos eran pesados, torpes, y un olor a alcohol me llegó antes que su presencia. Me ma