Capítulo 12: El Pichón y su Guardiana
El despertar dSalvaje fue como una piedra arrojada a las tranquilas aguas del lago, creando ondas que se expandían por la cabaña escondida en el bosque.
Pero en apariencia, poco parecía haber cambiado, excepto por un nuevo tenor de vida que latía ahora en la pequeña clínica.
Su cuerpo seguía débil, pero esos ojos azules que antes estaban vacíos comenzaban a asemejarse al cielo sureño despejándose: aunque aún velados por una neblina, ahora tenían un foco —y ese foco estaba casi siempre fijo en Valentina.
Eva lo llamaba "impronta". Agustín, en cambio, observaba con creciente preocupación, buscando en los ocasionales destellos en la mirada dSalvaje o en pequeños gestos que se asemejaban al Diego de antes, señales de su regreso.
Al mismo tiempo, como si hubiera recuperado un propósito, se sumergía en documentos y se comunicaba con todo tipo de personas, más ocupado que nunca.
Para Valentina, cuidar al Salvaje se convirtió en una nueva rutina, llena de