Mundo ficciónIniciar sesiónALEXANDER
Sentí cómo la ira empezaba a crecer dentro de mí, lenta y afilada, llenando cada rincón de mi ser.
Apreté la mandíbula. Un músculo se contrajo mientras me obligaba a permanecer inmóvil.
Aquello era absurdo.
Ridículo.
¿De verdad pensaban que iba a aceptar algo tan poco razonable?
Raina no era capaz de encargarse de un proyecto de esa magnitud.
No tenía experiencia.
Ni preparación.
Demonios, ni siquiera sabía llevar un talonario de cheques, mucho menos gestionar un acuerdo de varios millones de dólares.
Lo único que había dominado en su vida era su encanto.
El arte de la seducción.
Y una vez le había funcionado.
Me esforcé por mantener un tono neutral al responder.
Mi voz salió baja y uniforme.
—Eso no va a funcionar.
Dejé que el desprecio se filtrara en mis palabras.
—Cuando estaba casado con ella —continué, sin apartar la mirada de Raina—, no era más que una ama de casa. Para un proyecto como este van a necesitar a alguien con experiencia de verdad, alguien que entienda la complejidad de...
Dominic me interrumpió con una risa desdeñosa.
—¿No te divorciaste de ella hace años?
Su tono era burlón y condescendiente.
—¿Y quién dice que no haya aprendido nada desde entonces?
Se inclinó ligeramente hacia delante y bajó la voz.
—Tú das por hecho que no puede hacerlo. Pero ese es tu problema, ¿no?
Su sonrisa era calculada.
Un mensaje silencioso de que sabía que me tenía acorralado y de que estaba disfrutando cada segundo de verme retorcerme.
Sentía cómo las paredes se cerraban a mi alrededor.
La oportunidad empezaba a escaparse incluso mientras permanecía allí de pie, apretando los puños con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos.
Pero no podía marcharme.
No ahora.
No cuando estaba tan cerca.
El rostro de Raina permanecía completamente impasible.
No revelaba absolutamente nada mientras me observaba.
Su silencio era tan condenatorio como lo habían sido sus palabras.
No le importaba lo que aquello significara para mí.
No le importaba que prácticamente me estuvieran obligando a aceptar que fuera mi igual...
No.
Mi superior en aquella alianza.
Estaba disfrutando cada segundo de aquello.
Y la odiaba por ello.
Odiaba la forma en que podía permanecer allí tan tranquila, sabiendo perfectamente que me había arrinconado hasta dejarme sin otra opción que aceptar.
La voz de Dominic volvió a romper el silencio.
Su tono era casi provocador.
—Entonces, Alexander... ¿aceptas?
Fingía inocencia, aunque un destello cruel brillaba en sus ojos.
No respondí de inmediato.
Por primera vez en mucho tiempo, me descubrí dudando.
El peso de aquella decisión caía sobre mí, asfixiándome.
Cada instinto me gritaba que me marchara.
Que recuperara el control.
Que me negara a permitir que ella volviera a tener ese poder sobre mí.
Pero no podía.
Había trabajado demasiado para dejar escapar aquella oportunidad.
Lentamente...
A regañadientes...
Asentí.
—Está bien.
La palabra me quemó la lengua.
Se sintió como una derrota.
Como si estuviera entregando una parte de mí que había luchado durante años por proteger.
Pero no tenía otra elección.
El día siguiente llegó demasiado pronto.
Apenas pude dormir.
No dejé de darle vueltas a todo lo que había ocurrido, intentando comprender por qué había aceptado y cuáles podían ser realmente sus intenciones.
Y ahora, sentado frente a ella, con los documentos extendidos sobre la mesa entre ambos, podía sentir cómo la tensión se volvía cada vez más densa.
Un silencioso recordatorio de que aquello era solo el comienzo de lo que sospechaba sería una larga y amarga batalla.
Justo cuando estiré la mano para tomar el bolígrafo, ella levantó la suya, deteniéndome.
Alcé la vista.
Un destello de irritación cruzó mi pecho.
Su descaro silencioso era casi digno de risa.
¿Y ahora qué?
Justo cuando estaba a punto de dar el paso al que prácticamente me había obligado, aparecía con otra exigencia.
Por supuesto.
Porque con Raina nada podía ser sencillo.
Ella siempre tenía que quedarse con la última palabra.
Sostuvo mi mirada.
Sus ojos eran fríos.
Inquebrantables.
—Tengo una condición.
Su voz era suave y cada palabra estaba cuidadosamente medida.
Una oleada de resentimiento recorrió mi cuerpo.
Subió con fuerza y terminó asentándose en mi pecho como una piedra.
Era su forma de recordarme que tenía la ventaja.
Que cada decisión que tomara sería una concesión hacia ella.
Otro pedazo de poder que perdía.
Apreté la mandíbula, luchando contra el impulso de reírme de la ironía de todo aquello.
Justo cuando creía que podía cerrar ese capítulo de mi vida con ella, volvía a apretar el nudo.
Dejándome claro que esto nunca terminaría.
Nunca, mientras Raina estuviera de por medio.







