Mundo ficciónIniciar sesiónRAINA
No podía creer el descaro... la audacia que tenía para acorralarme de esa manera. En cuanto vi la fría e intensa mirada de Alexander, supe que nada bueno podía salir de las palabras que estaba a punto de decirme. Intenté escabullirme sin que me notara, evitar precisamente esta situación, pero su agarre sobre mi brazo era firme, casi doloroso.
Apreté la mandíbula y le sostuve la mirada con desafío.
—Lo que yo haga no es asunto tuyo, Alexander.
Él soltó una risa desdeñosa y entrecerró los ojos.
—Oh, claro que sí lo es. Todo lo que haces parece girar en torno a exhibirte, ¿no es así?
El golpe de sus palabras dolió más de lo que esperaba, pero me negué a dejar que lo notara.
—Y yo que pensaba que ya lo habías superado —respondí, manteniendo la voz firme—. ¿O eso es solo lo que quieres que la gente crea?
Por un instante, creí ver un destello de algo distinto en su expresión, algo parecido al dolor.
Pero desapareció tan rápido como había aparecido, reemplazado por una máscara de frialdad.
—No confundas mi tolerancia con perdón —dijo con un tono cortante—. No he olvidado lo que hiciste.
Solté una risa incrédula.
—¿Dónde demonios has estado escondida? —Su voz era baja y helada. La mueca de desprecio en su rostro solo lo hacía peor, como si estuviera hablándole a algo asqueroso pegado a la suela de su zapato.
Estuve a punto de reír.
Estuve a punto.
Ahí estaba él, el hombre que una vez juró protegerme, tratándome ahora como si fuera una desconocida o, peor aún, una enemiga.
Mi pulso se aceleró y una oleada de desafío recorrió mi cuerpo.
No dejes que te afecte, Raina.
Intenté retirar el brazo, pero su agarre se hizo más fuerte.
—¿Sigues aquí? ¿Todavía... haciendo esto? —se burló.
Su mirada recorrió mi cuerpo como si yo fuera algo barato, algo sin ningún valor.
—¿Acostándote con los hombres adecuados para llegar a la cima? ¿Es ese el ejemplo que quieres darle a Ava?
La brutalidad con la que lanzó aquellas palabras me dejó sin aliento.
Por un instante, no pude respirar.
Pensar que ese era el mismo hombre que una vez lo había significado todo para mí, el que me susurraba palabras de amor al oído, parecía una broma cruel.
—Suéltame —susurré, apenas conteniendo la rabia que hervía bajo mi piel—. No tengo tiempo para lo que sea que estés intentando conseguir aquí, Alexander.
Pero su expresión no cambió.
La frialdad de sus ojos se hizo aún más intensa.
Se inclinó hacia mí y el calor de su aliento rozó mi piel, provocándome un escalofrío de repulsión.
—Quizá has estado observándome —continuó, con la voz cargada de desprecio—. Esperando el momento adecuado para arruinarme las cosas con los Graham.
Su acusación me dolió.
Y, sin embargo, una oscura satisfacción se abrió paso bajo mi enojo.
No estaba completamente equivocado.
Lo había observado durante años.
Había esperado pacientemente el momento en que por fin podría obtener mi oportunidad, mi pequeña venganza.
Pero esto...
Sus absurdas suposiciones.
La arrogante seguridad reflejada en su rostro...
No podía estar más equivocado.
—Bájate de ese pedestal —escupí, liberando mi brazo de un tirón, aunque el lugar donde me había sujetado seguía palpitando de dolor—. Ni siquiera vales tanto de mi tiempo.
Me di la vuelta, con el corazón latiéndome con fuerza, esperando escapar de su mirada cargada de odio.
Entonces la oí.
—Vaya... ¿no es esto perfecto?
La voz de Eliza, aguda y estridente, atravesó el momento.
Me giré y la vi acompañada por Vanessa y por la madre de Alexander.
Las tres me fulminaban con la mirada.
Era como si hubieran estado esperando justo al otro lado, aguardando el momento oportuno.
Eliza me observó con los celos y el desprecio claramente reflejados en el rostro.
—Eliza, ahora no —murmuró Alexander.
Sin embargo, su mano seguía sobre mi brazo, apenas aflojando el agarre, como si le costara soltarme incluso con su adorada esposa mirándonos.
—Quita tus sucias manos de él —espetó Eliza, avanzando hacia mí y tirando de mi hombro como si yo fuera un objeto barato que no pertenecía a aquella escena.
Quise reírme.
Alexander era quien me estaba sujetando, y aun así ella estaba tan cegada por los celos que ni siquiera era capaz de verlo.
—Tal vez deberías aprender con quién estás hablando antes de empezar a lanzar acusaciones —repliqué, sintiendo cómo mi corazón recuperaba un ritmo normal y mi compostura regresaba mientras, por fin, lograba liberar el brazo del agarre de Alexander.
Alexander finalmente apartó la mirada, molesto, como si toda aquella discusión estuviera por debajo de él.
Su madre, tan fría e impasible como siempre, únicamente me dedicó una mirada dura y escrutadora.
Vanessa, como era de esperarse, sonrió con desprecio.
—Alexander, querido —dijo Vanessa con aquella misma voz empalagosa que ya usaba incluso cuando yo era su esposa y ella odiaba que lo fuera—. Seguro que no pensarás entretener... a esta aquí.







