Adrian miró con asombro y miedo a Diego. Dio un paso al frente, colocándose justo delante de Dália, como si su propio cuerpo pudiera servir de escudo para protegerla.
— ¡No puedes hacer eso! — exclamó Adrian, con la voz temblorosa, pero decidida. — Ella es mi sobrina. La he tenido como hija durante años, la cuidé... No voy a permitir que la lastimes.
Diego soltó una risa seca y burlona, arrojó el cigarro al suelo y lo aplastó.
— Ah, no seas tan sentimental, Adrian. Hasta hace unos minutos ella