Júlia caminaba lentamente por el pasillo del hospital, mientras los dolores en su vientre se volvían cada vez más fuertes. Pero lo que realmente la estaba irritando no eran los dolores, sino el hombre a su lado, que sostenía su mano y no paraba de hacer preguntas.
— ¿Está todo bien? ¿Te duele mucho? ¿Quieres sentarte? ¿Quieres un poco de agua tibia? ¿Debo llamar a la médica para medir tu dilatación otra vez? ¿Crees que ya hemos caminado lo suficiente?
— ¡Leonardo! — llamó Júlia entre dientes,