El coche negro se detuvo frente a la institución. Sebastian abrió la puerta del vehículo y Dalia bajó, girándose hacia él.
— Gracias.
— Que tenga un buen día, señorita — dijo él, inclinando ligeramente la cabeza en un gesto respetuoso.
— ¡Dalia! — llamó Sofía, corriendo hacia su amiga. Se enganchó de su brazo, mirando al conductor con una sonrisa de oreja a oreja. — ¡Hola! — exclamó, animada.
— Buenos días, señorita. Con permiso — Sebastian volvió a inclinar la cabeza y enseguida subió al coche