En el despacho, Julia caminaba de un lado a otro, con los nervios a flor de piel. Su mente trabajaba frenéticamente, imaginando a su hija bebiendo con un grupo de adolescentes irresponsables o, lo que la aterraba aún más, consumiendo sustancias peores. Aquella imagen la perturbaba de una forma visceral, despertando un miedo que apenas podía controlar.
Leonardo suspiró al ver a su esposa convertida en un manojo de nervios. Normalmente, era él quien asumía el papel de temperamento explosivo, pero