Las luminarias de la metrópoli proyectaban destellos tenues a través de los imponentes ventanales de cristal en el preciso instante en que el vehículo de David Jones ingresaba al acceso principal de la residencia.
Las arterias viales de la urbe lucían desiertas a esa hora. El flujo vehicular había mitigado su intensidad de forma notable; no obstante, la actividad cognitiva en el fuero interno de David se ejecutaba con un estrepito ensordecedor.
La corporación bajo su mando había registrado una