La noche transcurría en silencio en la casa de Clark, pero dentro de su habitación, la tensión llenaba el aire.
Clark caminaba de un lado a otro, con las manos apretadas en puños. Su rostro estaba rojo de ira. Murmuraba para sí mismo, hablando en voz alta a pesar de que se suponía que no había nadie allí.
“Ese bebé… ese bebé habría sido mío”, dijo con amargura. “Pero David… él me la robó. Judy… ella debería haber sido mía. Yo… yo no puedo permitir que esto pase. La recuperaré. Haré que sea mía