La suite de Amanda olía a jazmín, vino tinto caro… y secretos. Las cortinas de terciopelo carmesí estaban entreabiertas, dejando que la ciudad brillara allá afuera como una amante inalcanzable. Dentro, todo era silencio y sombras. Solo el crujido del hielo en la copa de whisky rompía la calma artificial.
Amanda se recostó en el diván con la elegancia de una actriz retirada que aún se sabía irresistible. Llevaba una bata de seda negra con bordados dorados, el cabello recogido en un moño alto y u