SEIK
Estaba esperando en el gran salón de festejos. A pesar de intentar mantener una postura firme, mis manos evidenciaban mi nerviosismo al apretar y soltar el borde de mi fajín.
Mi padre, de pie frente a mí, me observaba con una expresión burlesca, disfrutando de mi incomodidad.
El salón era imponente. Las altas paredes de piedra, adornadas con tapices que contaban la historia de nuestra manada, reflejaban la luz de los candelabros colgantes. Las velas, colocadas en grandes apliques de hierr