A las nueve y cincuenta y ocho Valerie subió las escaleras del tercer piso.
No el ascensor.
Las escaleras, porque cuarenta y cinco segundos de subida le daban tiempo para hacer lo que siempre hacía antes de entrar a un lugar donde algo iba a decidirse: ajustar la respiración hasta que fuera regular sin esfuerzo, soltar los hombros desde la tensión hasta la posición neutra, recordar que la forma en que entras a una habitación es información y que ella elegía siempre qué información daba.
Llegó a