La celda de Roberto Medina olía a desinfectante barato y a miedo concentrado.
Isadora lo observaba a través del cristal de la sala de interrogatorios, estudiando al hombre que durante meses había caminado por los pasillos de su empresa con la sonrisa servil del traidor perfecto. Ahora, bajo las luces fluorescentes del centro de detención, Roberto parecía diez años más viejo. Las ojeras violáceas, la barba de dos días, los hombros caídos de quien sabe que el juego terminó.
Habían pasado setenta