Su nombre era Augusto Ferrán.
Había sido fiscal. Era fiscal. Llevaba veintidós años usando el mismo cargo para hacer lo mismo: asegurarse de que ciertas verdades no encontraran el camino correcto hacia los tribunales correctos.
Ladrillo a ladrillo.
Sin apresurarse.
Con la paciencia de quien sabe que la impunidad que se construye dentro del sistema es más sólida que la que se construye alrededor de él.
La reunión fue en el bufete de Elena esa tarde.
Marcos llegó con café que nadie había pedido p