Brennan llegó a Madrid en persona.
Sin aviso previo. Sin equipo visible.
Solo él, un maletín de cuero negro, y la expresión de un hombre que ha pasado de adversario a pieza necesaria sin tener tiempo de prepararse para el cambio.
La reunión fue en el mismo despacho de Elena de siempre.
Esta vez con café caliente sobre la mesa.
Señal de que Elena también había procesado el giro.
—El ministro se llama Roberto Castillo. —Brennan puso un sobre sobre la mesa—. Sesenta y ocho años. Veintiséis años en