El reloj en el teléfono satelital marcaba 20:47:32 cuando Isabella se removió contra mi pecho.
Veinte horas. Cuarenta y siete minutos. Treinta y dos segundos.
Y contando.
El departamento olía a leche materna y café frío. Sebastián había hecho una cafetera completa hace tres horas. Nadie la había tocado. El líquido negro se enfriaba en tazas olvidadas sobre cada superficie disponible.
Isabella succionaba en sueños, su boca formando movimientos fantasma. Dos días de vida y ya estaba en el centro