El libro se llamaba simplemente Valentina.
Sin subtítulo.
Sin promesa de revelaciones. Sin apellidos ajenos en la portada. Sin el tipo de declaración que los libros de este género usualmente colocan debajo del nombre para orientar al lector sobre lo que va a encontrar adentro.
Solo su nombre.
Que era también, si se sabía leerlo, la historia completa.
La presentación no fue en una librería.
No fue en un auditorio. No fue en el tipo de evento mediático que los equipos de comunicaciones diseñan pa