El lunes Patricia Reséndiz llamó a las nueve menos diez.
Diez minutos antes de la hora que había prometido.
Valentina lo notó. La gente que llegaba diez minutos antes de la hora prometida era el tipo de gente que había pensado lo suficiente durante el fin de semana como para que la llamada ya no necesitara el calentamiento de los primeros minutos.
—Valentina.
—Patricia.
—Quiero decir que sí —dijo Patricia—. Pero primero necesito preguntarte algo.
—Pregunta.
—¿Por qué ahora? —dijo Patricia—. No