La gala continuó con su procesión de discursos, subastas y aplausos educados. Observé a Mónica desde nuestra mesa, catalogando cada interacción, cada sonrisa, cada toque casual en el brazo de algún hombre poderoso.
Era buena. Muy buena. Se movía entre los invitados como una mariposa venenosa, dejando impresiones favorables y números de teléfono a su paso. Nadie sospechaba que bajo esa fachada de mujer renovada latía algo oscuro.
—La subasta silenciosa cierra en quince minutos —anunció Carolina,