l viernes por la noche, por primera vez en veintidós meses, el departamento estaba en silencio.
No el silencio relativo de cuando las niñas dormían y siempre había una probabilidad no despreciable de que alguien llorara o pidiera agua o decidiera que era el momento de existir con máxima intensidad.
Silencio real. Emma en Vancouver con Kate hasta el domingo. Isabella en casa de Marina con la niñera y el monitor encendido y el número de Marina en el teléfono de Valentina por si acaso. El departam