La llamada a Kavian fue breve y críptica. Acordaron un encuentro en un lugar insólito: el sótano de una librería de viejo en el barrio universitario, a dos cuadras del Sanatorio. Isabela fue sola, sin guardaespaldas, con una peluca oscura y gafas de sol a las siete de la mañana, cuando el sol apenas comenzaba a calentar las adoquines húmedos.
La librería olía a papel podrido y a siglos de silencio. El dueño, un hombre anciano con gafas de fondo de botella, la condujo a una trastienda donde Kavi