El silencio en el penthouse era tan denso que Isabela podía oír el zumbido de los servidores del laboratorio a través de tres pisos de concreto y acero. Eran las tres de la mañana. Las luces de la ciudad parpadeaban como estrellas enfermas. Y Mateo no estaba en su habitación.
Lo buscó primero en el acuario. Luego en la sala de terapia. En la cocina, donde a veces le daban ataques de hambre nocturna. Nada. Solo el eco de sus propios pasos sobre el mármol pulido.
—Silvana —llamó por el comunicado