Isabela sentió un golpe de frío en el estómago. Lucius había visto a través de su trampa, o al menos había sido lo suficientemente cauto como para darle la vuelta. Había convertido su jugada en un arma contra ellos. La rabia, un fuego blanco, le subió por la garganta. Pero la contuvo. Respiró hondo.
—No —dijo, su mente acelerándose—. No nos hemos adelantado. Él acaba de cometer un error.
—¿Un error? Nos ha dejado sin salida —refunfuñó Donato.
—No. Ha confirmado, en televisión, que conoce la exi