El aire en el convento de Ruales era más pesado que en Santa Rita, cargado de una humedad que parecía filtrarse hasta los huesos. Gabriela caminaba por los pasillos de piedra con el hábito rozando el suelo, sintiendo que cada paso la alejaba más de la niña que trepaba al ático del teatro. Pero esa mañana, tras el encuentro en el jardín, el frío habitual había sido reemplazado por un calor desconocido que le subía por el cuello cada vez que recordaba la voz de Rafael.
Al día siguiente, durante