El frío del despacho de la Madre Superiora no provenía solo del clima de la montaña donde se erigía Santa Rita; era un frío espiritual, un vacío que parecía absorber cualquier rastro de juventud. Gabriela -ahora Isabella para las autoridades del convento- sintió un escalofrío que le recorrió la columna mientras sus ojos se clavaban en el crucifijo de madera oscura que presidía la habitación.
-¿Señorita Gabriela García? -preguntó la Madre Superiora con una voz que recordaba al crujir de las ho