No pasaron más unos segundos que nos habíamos sentado, cuando un mesero se nos acercó para atendernos. Llevaba un uniforme de color negro con un delantal blanco. Era joven, no mucho más de veinte años, de cabello castaños y ojos azul claro.
Quizás fuese por su evidente juventud, al menos eso quiero creer para justificarlo, pero por ello no tuvo reparos a la hora de mirarme como si fuese una aparición divina. Al principio me causo gracia, pero luego se detuvo más segundos de lo apropiado.
Empeza