El lugar ardía como el mismísimo infierno y no tarde mucho en empezarme a quitar el abrigo y el gorro que traía para poder respirar. El Boss me observó por el rabillo del ojo, pero si algo lo molestaba, se lo guardo para él.
Había al menos 50 hombres moviéndose de un lado al otro. Algunos mantenían funcionando las calderas, agregándoles carbón de vez en cuando, sus caras estaban manchadas de negro, mientras que otros se ocupaban de trabajar con la brea.
De nuevo me pregunte qué demonios estaba