La fiereza y la pasión hambrienta con la que Ian me come la boca, provoca que las piernas me tiemblen y que pierda el equilibrio. Por tal razón, él tiene que sostenerme por la parte baja de la espalda y apretarme fuerte contra su cuerpo firme y cálido.
¡Rayos!
¿Qué diablos tienen sus labios para que me abrumen de esta manera?
—Ian, esto no está bien...
—Yo creo que sí, pelirroja. Esto está perfecto... —replica jadeante.
Este hombre del demonio me tiene en sus manos. Es que me es tan difícil res