No sé cuánto tiempo transcurre desde que exploté y le tiré la verdad en la cara a mis amigas, pero el mutismo de ellas empieza a preocuparme.
—Oigan, ¿no me dirán nada? —Rompo el silencio, mas ellas no hablan. Su respuesta se limita al parpadeo, luego se miran y regresan su atención a mí.
Después de un largo rato en silencio, Taís me observa con el ceño fruncido y me apunta con su dedo acusador.
—¡Nos engañaste, mala amiga! Pero ¡qué alivio! —respira hondo y se pone la mano en el pecho—. No te