—Entendido, señor Peterson. El coche está listo abajo —respondió el chofer, sacando su teléfono para dar las instrucciones de inmediato.
Isabella se quedó en el umbral de la biblioteca, viendo cómo las puertas del ascensor se cerraban, llevándose a su esposo hacia el peligro de la ciudad. Se giró lentamente y regresó a la sala de estar, donde doña Leonor seguía sentada con Anton.
—¿Todo bien, hija? —preguntó doña Leonor, mirando el rostro pálido de Isabella—. Tardaron mucho en esa habitación.
I