A la mañana siguiente, la luz del sol de julio entró de perfil por los grandes ventanales del penthouse, iluminando el suelo de madera pero sin lograr disipar la pesadez que flotaba en el aire. Isabella abrió los ojos despacio, sintiendo los párpados hinchados y una opresión amarga en el pecho. Lo primero que vio fue el rostro de Leo, muy cerca del suyo. Él seguía despierto, con los ojos verdes fijos en ella, frotándole con suavidad la cadera por encima de la manta. No parecía haber dormido en