Arianna
Sus besos esparcidos por mi cuello me hicieron desconectarme del mundo y de la realidad. Me hicieron olvidar las discusiones y la horrible manera en la que me acababa de hablar.
Enzo desató el nudo de la bata y dejó mi cuerpo al descubierto. El aire acarició mis pezones, que se pusieron aún más erectos. Los pobres también exhibían las consecuencias de su salvaje noche. Tocó suavemente las puntas magulladas y frunció ligeramente el ceño.
—¿Duelen? —preguntó sin apartar los ojos de ellos.