Arianna
—Aún no hemos terminado —dijo con determinación—. Come.
Quería decirle que se fuera al infierno, pero realmente tenía hambre y la comida estaba buena. Lo pensé por un par de segundos, pero él decidió por mí, terminó arrastrándome para que me sentara en su regazo, tomó un trozo de tocino entre sus dedos y ordenó:
—Abre la boca.
Mi entrepierna palpitó ante esa orden porque no pude evitar recordarlo dándome el mismo mandato, pero para meterme otra cosa en la boca.
—No seas pervertida —advi