Arianna
Su nariz rozó la mía y me quedé congelada, con cada nervio de mi cuerpo de punta. Nuestras respiraciones se mezclaban, cálidas y pesadas, y cerré los ojos, esperando lo inevitable: que sus labios finalmente reclamaran los míos. El momento se sentía demasiado íntimo, demasiado absorbente, y de pronto me encontré soltando palabras que no había planeado.
—No pasó nada, Enzo —susurré, con nuestras mejillas rozándose como si estuviéramos encadenados el uno al otro—. Ni con él, ni con nadie.