Rosa frunció el ceño, mostrando una expresión de dolor:
—Silvina, sé que me odias, pero yo... escúchame, por favor. Esa noche de verdad estaba ebria y confundida. No fue mi intención...
—¿No fue tu intención? —Silvina la interrumpió con una sonrisa sarcástica—. Rosa, tú misma dijiste que yo era un regalo para Leonel. ¿Te acuerdas? Yo sí. No estoy tan vieja como para olvidar tus palabras.
El rostro de Rosa se tensó de golpe.
Por fin se dio cuenta de que la mujer sentada frente a ella ya no era l