Silvina marcó una y otra vez, pero Leonel no contestó.
Sabía que el teléfono de Leonel siempre lo tenía Tomás, y que él, al ver su número, sin importar lo ocupado que estuviera, se lo pasaría de inmediato.
El hecho de que nadie respondiera solo podía significar una cosa: Leonel no quería hablar con ella.
Una sombra oscura se apoderó poco a poco de los ojos de Silvina.
—Leonel... —susurró—, ¿fuiste tú quien hizo todo esto?
¿Por qué?
¿Acaso también te has preparado para romper conmigo de