—Cuando regreses, encárgate tú misma —dijo la Vieja Señora Martínez con un resoplido frío, perfectamente consciente de los pensamientos de Silvina—. Yo no me ocuparé de las consecuencias.
—Bien —respondió Silvina con voz firme—. Ya que la abuela me ha dejado decidir cómo manejarlo, entonces quiero ver a Armando. ¡Quiero hablar con él cara a cara!
Necesitaba verlo con sus propios ojos.
Aquel hombre que había jugado con los sentimientos de Alicia…
¿Acaso no sentía remordimiento alguno?
¡Alicia ha