En el instante en que Silvina cruzó el umbral del santuario ancestral, sintió como si se hubiera quitado un peso enorme de los hombros.
Aunque sabía perfectamente que aquella carga la acompañaría por el resto de su vida.
El señor y la señora Martínez la miraron con profunda preocupación.
—Estoy bien —dijo Silvina, negando con la cabeza para tranquilizarlos.
Por muy cruel que fuera la Vieja Señora Martínez, el señor y la señora Martínez eran inocentes.
Pensar en ellos abrazando aquel cuerpo fals