—¡Perdón! ¡Perdón! —Simón se disculpaba una y otra vez, tanto que Silvina ya no sabía cómo reaccionar ante él.
¿No era Señor Simón un hombre siempre altivo y orgulloso?
¿Por qué, en lugar de enfadarse con sus palabras, bajaba la cabeza y le hablaba con tanta humildad?
¿Qué demonios estaba pasando ahora?
Silvina había lanzado cada palabra como si fuera un cuchillo, con la única intención de irritarlo, de forzarlo a poner distancia entre ellos.
Pero, frente a esa actitud sumisa, todo su plan se d