Silvina apretó el teléfono contra su pecho, y toda la tristeza que había estado conteniendo estalló de golpe. Su voz se quebró entre sollozos:
—Leonel, llévame a casa… ¿sí?
—De acuerdo, voy enseguida —respondió él sin pensarlo dos veces. No se atrevió a colgar la llamada mientras corría, acompañado por su asistente, buscando a Silvina por todos los rincones.
Finalmente, la encontró en el jardín trasero, sentada en los escalones, llorando sin poder respirar del todo.
—Silvina, no tengas miedo, y