El rostro de la Señora Muñoz se volvió de un tono severo, casi sombrío.
Silvina, sin perder la calma, se adelantó hasta colocarse a su lado y, con un gesto sereno, tomó los mangos de la silla de ruedas.
—Mamá ha comido demasiado hoy, —dijo con suavidad—. Voy a acompañarla a dar un paseo. Ustedes, por favor, pónganse cómodos.
Antes de que la Señora Muñoz pudiera responder, Silvina ya la había conducido hacia el jardín.
La escena dejó a todos en silencio, y los nuevos visitantes no tuvieron más r