El capitán tomó asiento en la mesa de jueces.
Su mirada, intensa y constante, sólo se posó sobre Silvina.
No le importaba el efecto que su atención pudiera causar, ni las miradas envidiosas que ardían a su alrededor.
En realidad, ¿qué le importaban los demás?
Mientras ella estuviera bien, el mundo podía arder.
El resto —los murmullos, los celos, los corazones rotos— no significaban nada.
Silvina, sintiendo el peso de esa mirada, levantó la cabeza con un gesto desafiante.
Sus ojos se encontraron