—¡Santiago, lo siento! —Liliana, al girarse y ver a Santiago y a Leonel, no corrió hacia ninguno de ellos. Simplemente se quedó allí, sollozando con voz lastimera—. Perdón, lo arruiné otra vez. Solo quería explicarle a la señorita Tania lo nuestro, pero no sé por qué ella terminó diciéndome cosas tan hirientes. Santiago, por favor, no culpes a la señorita Tania. Todo fue mi culpa, no debí actuar por mi cuenta.
Tania soltó una carcajada seca.
Los ojos de Leonel se posaron en Liliana, vacíos de t