Tal como se esperaba, Tania y Liliana no habían avanzado mucho cuando se detuvieron.
—Bien, dime de una vez por qué me seguiste hasta aquí. No tengo tiempo para tus farsas —dijo Tania sin rodeos—. Tú sabes perfectamente que no me agradas, así que tampoco pienso fingir contigo.
Liliana pareció sorprendida por su franqueza. Sus ojos se enrojecieron de inmediato, a punto de llenarse de lágrimas.
—Señorita Tania, ¿qué le pasa? ¿Por qué me dice algo así de repente? ¿Acaso fue la señorita Silvina qui