El anochecer cayó rápidamente.
Silvina fue arrastrada por Tania hasta la plaza central.
En ese momento, todo el espacio estaba impregnado por el delicioso aroma de la carne asada.
—¡Wow, qué rico huele! —exclamó Tania con entusiasmo—. ¡Me encanta la parrillada! Silvina, anímate un poco. Vinimos a distraernos, ¿por qué esa cara tan seria? ¡Oye, oye! ¡Que no estamos en la oficina! ¿Por qué tanto formalismo?
—Por cierto —replicó Silvina con calma—, escuché que Santiago también vino. ¿Cuándo llega?