Los jefes de los clanes y el propio alcalde del pueblo sonreían de oreja a oreja, como si no vieran nada extraño en el comportamiento de aquellos jóvenes.
Silvina estaba completamente sin palabras.
Después de que el primer muchacho se atreviera, cada vez más aldeanos comenzaron a acercarse, todos tímidos, entregándole regalos a Silvina.
Ella no tuvo más remedio que pasar lo que recibía a las manos de sus doncellas y asistentes, que se convirtieron en una cadena viviente para sostener la intermi