—Aclaro de antemano que no he venido como mediador —dijo Ruperto con una sonrisa suave, una de esas que hacían sentir a cualquiera como si estuviera recibiendo la brisa de primavera.
Comparado con Leonel, ese aire acondicionado humano andante, estar al lado del señor Ruperto era algo que todos describían como libre de presiones, cómodo y natural.
Silvina no pudo evitar sonreír también.
—He venido a traerte comida —añadió Ruperto, levantando la mano para mostrarle una caja—. Son unos bocadillos