Rosa, al ver que Leonel no respondía, aún insistió con desesperación:
—¿Me has amado alguna vez?
Leonel soltó una risa fría.
—¿Tú lo mereces?
Una ráfaga de viento otoñal levantó el borde de su gabardina.
Todo a su alrededor parecía tan perfecto, tan hermoso, casi como un sueño.
Pero en el suelo, Rosa ya no podía ver ninguna de esas bellezas. Su rostro se tornó pálido y todo su cuerpo comenzó a temblar.
Unas pocas palabras habían bastado para destruir todas sus esperanzas.
—¿Y amas a Silvina? —p