Al regresar a casa, Silvina sacó la fila de muñequitos de porcelana que su asistente Adela le había regalado y, muy contenta, los fue colocando uno por uno en una estantería del salón.
Aquel estuche contenía más de veinte figuritas en total, todas adorables.
Había muñecos niño y muñecas niña, cada uno con una expresión tan viva que parecían cobrar vida.
Silvina ordenó a las criadas que retiraran los adornos originales de la estantería, piezas valoradas en decenas de miles de dólares, para poner